Amigo querido, me volvés loco.
Nos conocimos hace cinco años, más o menos. ¿Por el fútbol fue? Puta, ya ni me acuerdo. Sí, éramos compañeros de un equipo de fútbol. El tema es que pegamos onda. Empezamos a juntarnos en una esquina a hablar de fútbol y a tomar una birra de vez en cuando. Como también queríamos drogarnos, nos juntábamos en su casa. Tomábamos birra, fumábamos faso, él tomaba merca a veces.
Hace seis meses que... lentamente... empezó a tirarme indirectas. Pequeñas, imperceptibles. Otras flagrantes, inequívocas. Hace seis meses que pienso en él. Ya no como un amigo. Ya no como un amante. Pienso en él como un Hombre (con mayúscula), un protector, alguien que viene a mostrarme cómo es un macho de verdad.
Todo empezó cuando un día nos peleamos. Fue una boludez: fuimos juntos a un cumpleaños, y yo decidí irme antes. Él se enojó por esto. La cosa es que la discusión, en medio de la borrachera, subía de tono: "Sos un boludo", me reprochaba. "¿Por qué te vas antes de que termine? ¿Por qué te vas?", gritaba. "¿Por qué te vas?". No entendí muy bien por qué quería irse conmigo. ¿Acaso quería que nos volviéramos juntos? Cuando él se enoja, la voz se le endurece, como si se le parara. Le sale un rugido de león en celo que hace temblar hasta las paredes. Se enojó, se enojó mucho. Ya cuando nos estábamos volviendo, caminando en una calle oculta, ya sin sol, él seguía gritando. Entre reproches, me acusó: "Pasa que a vos te gusta que te rompan bien el orto".
El tiempo se detuvo. Me sentí desnudo. La frase siguió resonando con la misma fuerza de macho durante los días. Lo escuchaba como si mi mejor amigo me estuviera cantando un cantito de cancha: "Pasa que a vos te gusta que te rompan bien el orto". "Pasa que a vos te gusta que te rompan bien el orto". "Pasa que a vos te gusta que te rompan bien el orto".
Él lo sabía. Mi macho lo sabía. Y lo sabe. Sabe que me gusta la pija. Sabe que me gusta que me penetren. Que me rompan bien el orto, como él diría. Y sabés que sí. Sabés que me encantaría que me desvirgues, sabés que me encantaría sentir a un hombre por primera vez, que ese hombre seas vos. Durante treinta años este culo estuvo cerrado y me encantaría que me cojas con la misma autoridad como cuando me gritaste ese día. Quiero que me pegues mientras me chupás el orto, que me digas que soy un puto de mierda mientras te la chupo.
Los meses pasaron sin vernos. No hablamos. Yo no estaba enojado, más bien toda la situación de violencia, de verlo a él como un caballo salvaje, me había calentado muchísimo. Después de un tiempo me mandó mensajes aislados para vernos, a los que yo respondí con la misma buena onda de siempre. Y nos vimos.
Estaba con un sweater blanco. Me sorprendió porque siempre usa colores oscuros. Agachaba la mirada a cada rato. Estaba arrepentido. Sabía que se había mandado terrible moco conmigo. Entonces me abrazó. Mi cuerpo tierno se vio envuelto en esa piedra maciza de músculos y masculinidad. Nunca me pidió disculpas. Debe ser que estaba tan avergonzado que ni siquiera quería mencionar el tema. Pero cuando después nos volvimos a abrazar para sacarnos una foto, supe que ese día un error mío sería compensado con el error de él. Pero también sabía que no me tenía que zarpar.
Entonces, lo hice. Empecé a acariciarle despacio el hombro. Despacio... despacio...
Me mandó la foto por WhatsApp. Después se fui y no volvería a verlo hasta dentro de un mes.
Nos conocimos hace cinco años, más o menos. ¿Por el fútbol fue? Puta, ya ni me acuerdo. Sí, éramos compañeros de un equipo de fútbol. El tema es que pegamos onda. Empezamos a juntarnos en una esquina a hablar de fútbol y a tomar una birra de vez en cuando. Como también queríamos drogarnos, nos juntábamos en su casa. Tomábamos birra, fumábamos faso, él tomaba merca a veces.
Hace seis meses que... lentamente... empezó a tirarme indirectas. Pequeñas, imperceptibles. Otras flagrantes, inequívocas. Hace seis meses que pienso en él. Ya no como un amigo. Ya no como un amante. Pienso en él como un Hombre (con mayúscula), un protector, alguien que viene a mostrarme cómo es un macho de verdad.
Todo empezó cuando un día nos peleamos. Fue una boludez: fuimos juntos a un cumpleaños, y yo decidí irme antes. Él se enojó por esto. La cosa es que la discusión, en medio de la borrachera, subía de tono: "Sos un boludo", me reprochaba. "¿Por qué te vas antes de que termine? ¿Por qué te vas?", gritaba. "¿Por qué te vas?". No entendí muy bien por qué quería irse conmigo. ¿Acaso quería que nos volviéramos juntos? Cuando él se enoja, la voz se le endurece, como si se le parara. Le sale un rugido de león en celo que hace temblar hasta las paredes. Se enojó, se enojó mucho. Ya cuando nos estábamos volviendo, caminando en una calle oculta, ya sin sol, él seguía gritando. Entre reproches, me acusó: "Pasa que a vos te gusta que te rompan bien el orto".
El tiempo se detuvo. Me sentí desnudo. La frase siguió resonando con la misma fuerza de macho durante los días. Lo escuchaba como si mi mejor amigo me estuviera cantando un cantito de cancha: "Pasa que a vos te gusta que te rompan bien el orto". "Pasa que a vos te gusta que te rompan bien el orto". "Pasa que a vos te gusta que te rompan bien el orto".
Él lo sabía. Mi macho lo sabía. Y lo sabe. Sabe que me gusta la pija. Sabe que me gusta que me penetren. Que me rompan bien el orto, como él diría. Y sabés que sí. Sabés que me encantaría que me desvirgues, sabés que me encantaría sentir a un hombre por primera vez, que ese hombre seas vos. Durante treinta años este culo estuvo cerrado y me encantaría que me cojas con la misma autoridad como cuando me gritaste ese día. Quiero que me pegues mientras me chupás el orto, que me digas que soy un puto de mierda mientras te la chupo.
Los meses pasaron sin vernos. No hablamos. Yo no estaba enojado, más bien toda la situación de violencia, de verlo a él como un caballo salvaje, me había calentado muchísimo. Después de un tiempo me mandó mensajes aislados para vernos, a los que yo respondí con la misma buena onda de siempre. Y nos vimos.
Estaba con un sweater blanco. Me sorprendió porque siempre usa colores oscuros. Agachaba la mirada a cada rato. Estaba arrepentido. Sabía que se había mandado terrible moco conmigo. Entonces me abrazó. Mi cuerpo tierno se vio envuelto en esa piedra maciza de músculos y masculinidad. Nunca me pidió disculpas. Debe ser que estaba tan avergonzado que ni siquiera quería mencionar el tema. Pero cuando después nos volvimos a abrazar para sacarnos una foto, supe que ese día un error mío sería compensado con el error de él. Pero también sabía que no me tenía que zarpar.
Entonces, lo hice. Empecé a acariciarle despacio el hombro. Despacio... despacio...
Me mandó la foto por WhatsApp. Después se fui y no volvería a verlo hasta dentro de un mes.








Comentarios
Publicar un comentario